Rocio Carmona

Dejad que entren los vestidos nuevos

 

Hace algunas semanas leí Magical Housekeeping,  un libro en el que Tess Whitehurst nos recuerda que nuestro hogar es una extensión o un reflejo de nuestro cuerpo, de nuestra vida y de nuestras emociones. Hacía tiempo que tenía ganas de darle “un buen meneo” a mi casa, así que, inspirada por la buena lectura, que por cierto se publicará próximamente en Urano, me puse manos a la obra a tirar y regalar trastos, papeles, juguetes antiguos, discos, libros… Es sorprendente la cantidad de cosas que una persona puede acumular en poco tiempo, ¿verdad?

 

En seguida gané espacio y sentí que respiraba mejor. Ya lanzada, pinté paredes, descolgué cuadros viejos, ordené la librería, mucho más ligera ahora,  y expuse algunas de mis posesiones personales más preciadas, que antes no lucían por culpa de la acumulación. A la vez, ese espacio vacío me ayudó a darme cuenta de que había otros objetos que ya no me apetecía tener conmigo, aunque aparentemente no molestaban ni ocupaban demasiado. Y es que, según Whitehurst, las cosas inútiles o desordenadas contienen una pesada carga energética que impide nuestro crecimiento y desarrollo. Además, algunos objetos pueden guardar energía antigua que no nos hace bien, aunque no reparemos en ello en el día a día. Completamente inspirada por las buenas vibraciones de mi salón casi vacío y recién pintado,  decidí que ya era hora de comprarme un sofá nuevo. El viejo tenía más de diez años y con una niña y dos gatos ya estaba más que amortizado… y destrozado. Lo elegí con cuidado, visitando un montón de tiendas, porque el sofá es el lugar en el que paso más tiempo cuando estoy en casa. Me gustan los sofás grandes, hondos, donde me pueda tumbar cómodamente a leer, a escribir, o a ver pasar las horas. Más que un sofá, casi buscaba una madriguera. Ah, y esta vez tenía que ser verde. Color esperanza. ¡Sí!

 

La historia es larga, así que voy a abreviarla. El día que nos trajeron el nuevo sofá y se llevaron el viejo, tirado de cualquier manera en el suelo sucio de un camión de mudanzas, me di cuenta del apego que sentía por el mueble antiguo, mi viejo y querido sofá rojo. Me ha costado unos días estar completamente a gusto con el nuevo, que es distinto, un poco más firme y también más alto. También huele diferente, y cuando me tumbo en él, no siento que me envuelva como lo hacía el antiguo, donde me sentía en un nido confortable y mullidito a salvo del mundo exterior. Estoy segura de que con el tiempo, a medida que acumulemos vivencias, manchas, saltos y siestas en el sofá nuevo, llegaré a tenerle el mismo aprecio que al anterior, pero lo cierto es que me ha sorprendido el vínculo que había creado  con algo aparentemente tan banal como un sofá. ¿Son las cosas que poseemos sólo «cosas»? ¿Y hasta qué punto las poseemos o nos poseen ellas a nosotros? Con curiosidad, me puse a preguntar a algunos amigos si les había pasado algo parecido. Una buena amiga me explicó que todavía recordaba con ansiedad y pena el momento en que su madre desmontó y guardó su querida cuna, en la al parecer durmió varios años, para pasarla a una cama corriente. Y otra buena amiga me contó que lloró a lágrima viva el día en que sus padres decidieron cambiar todo el mobiliario del comedor. Así que no estaba sola…

 

            Pocos días después tocó hacer el cambio de armario, así que, influida por el nuevo minimalismo que se respiraba en mi salón, decidí hacer también limpieza de ropa y zapatos. De nuevo, me tocó enfrentarme con mi apego hacia ciertas prendas que, aunque ya no me pongo porque siento que no van conmigo o porque no me quedan bien, había asociado de forma inconsciente a determinados momentos o etapas de mi vida. Me costó especialmente deshacerme de un vestido de color vino de manga larga. No sé cuántas veces entró y salió de la bolsa donde iba metiendo las prendas descartadas, y mientras lo evaluaba una y otra vez (llegué a probármelo tres veces) recordé mi experiencia con el sofá y las anécdotas que me habían contado mis amigos días atrás. Me di cuenta de que, como bien dice la autora de Magical Housekeeping, los objetos guardan energía de las personas que les rodean. Nos vinculamos con ellos, nos apegamos, quizá porque a veces representan una relación, una etapa, un conjunto de vivencias, una parte de nuestro yo de la que nos cuesta mucho desprendernos. ¿Por qué nos cuesta? Eso daría para otro post, pero el caso es que hay que hacerlo… La prueba de que estoy en lo cierto la obtuve el mismo día en que regalé, por fin, el vestido color vino. Ese mediodía surgió un imprevisto de trabajo para el que no iba vestida de forma adecuada, así que corrí a una tienda de ropa cercana a mi oficina en busca de un vestido un poco más elegante. Tenía poco tiempo para comprarlo antes de tener que salir corriendo hacia mi compromiso. ¿Adivináis lo que encontré? Un maravilloso vestido color vino con un corte mucho más favorecedor que el anterior. ¡Y por un precio de risa!

 

            Un poco más tarde, mientras mi mejor amiga elogiaba el vestido y lo bien que me sentaba le conté la historia de mi karma instantáneo. Salió un vestido y al instante entró otro mejor... Habrá quien crea que es pura casualidad. Para mí, se trata de un mensaje alto y claro: debemos dejar ir cosas del pasado que nos pesan, que ya no nos sirven, aunque hacerlo sea doloroso o incómodo, aunque nos cueste. Porque sólo así habrá espacio para que entren vestidos nuevos.

 

 

 

Down

Por amor somos

Down

No hay ser humano

LA GRAMÁTICA DEL AMOR

amor

A sus dieciséis años, recién comenzado el curso en un internado inglés, Irene conoce el amor por primera vez. Pero las cosas no resultan tal y como ella espera, y pronto se encuentra perdida en una tempestad de sentimientos que conducen su alma hacia acantilados más profundos que los de Cornualles, el lugar donde estudia. Para superar la tormenta tiene la suerte de contar con Peter, su profesor de gramática inglesa, que la embarca en un viaje fascinante y de consecuencias inesperadas por las mejores obras de la literatura romántica de todos los tiempos.

Hay acantilados más horribles

Em amor que permanece

amor

No será el primer amor

Somos lo que queda